mié. Dic 12th, 2018

Alicia asilada en el país de las maravillas

Tendría que comenzar diciendo que Alicia es una mujer real. No se trata del personaje de Lewis Carroll, sino de una mujer clase media, cuarenta y pico de años y, después de un largo período de indecisión, bisexual. Según estas últimas líneas, Alicia pareciera estar en la mitad de todo o, si nos ponemos pesimistas, en medio de ninguna parte: ya no es joven, pero de ninguna manera puede ser considerada una “adulta mayor”. No es ni homosexual ni heteresexual, lo que en nuestra sociedad, tan adicta a clasificar y etiquetar a las personas, suscita, en el mejor de los casos, la incredulidad entre sus amigos y en el peor, la sospecha. Y, finalmente, pertenece a esa ilusionaria e ilusa clase media que, aunque vive y trabaja en condiciones precarias, cree, está segura, de estar más cerca de sus congéneres del “este del este”, que de los sectores más populares –de los que seguramente proviene y está mucho más cerca de lo que le gustaría admitir.

Faltaría decir que Alicia, en lo único que no es mediana, es en su posición política: ella es abierta y encarnizadamente opositora.

Y es mi amiga. Y la quiero y me preocupo por ella porque, en los años que llevo conociéndola ha sido un ejemplo de perseverancia y cariño incondicional. Pero Alicia, como gran parte del estrato social al que pertenece, carece de formación política, es decir, de los elementos conceptuales necesarios para percibir, analizar y comprender las sutilezas de la política real, diferenciándola de la política partidista.

Ahora ella está en Europa pidiendo asilo, argumentando que su diferencia sexual ha sido motivo de amenazas serias a su integridad física. No es real en su caso, pero es lo que los promotores le han recomendado decir –digo “promotores” porque lo de pedir asilo en otro país es un negocio que involucra enormes gastos para algunos y cuantiosas comisiones para otros–. Pareciera también que los países de destino están más que dispuestos –predispuestos quizás– a aceptar testimonios sobre violaciones de derechos humanos en Venezuela a personas sexodiversas sin hacer muchas averiguaciones.

No somos un paraíso de equidad para la sexodiversidad –pero ¿qué país lo es?–. El gobierno aun nos debe y tiene que comenzar a honrar sus compromisos. Hay que construir un modelo de equidad social incuestionable y eso pasa por la discusión seria y sin prejuicios sobre la diversidad sexual y la equidad de género, así como la creación de políticas públicas coherentes.

Que el gobierno haga su parte, nosotros y nosotras, ciudadanos de a pie, ya nos encargaremos de mostrarle al mundo que lo de la necesidad de asilo político por ser diversosexual es puro cuento.

Por Javier Veliz.-

Caracas / Dto. Capital

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