mar. Dic 18th, 2018

¿CASARSE O NO CASARSE?: INCERTIDUMBRES Y DERECHOS (I)

Observo a través de las redes sociales que en Venezuela se está dando, una vez más, el debate acerca del matrimonio igualitario. Veo el programa Sin Pena ni Culpa de Avila Tv, que trata el tema, y celebro que se estén generando estos espacios de discusión. Y, a pesar de la distancia, siento la necesidad de participar en él y formular ciertas incertidumbres que le nutran.

La discusión tuvo como base tres argumentos: el derecho de todas las personas a casarse; el derecho a que quienes se aman, indiferentemente de sus géneros y sexos, puedan casarse; y el derecho a la realización humana de los deseos. Los pienso una y otra vez, y sigue pareciéndome que los tres son discutibles.

El matrimonio es la institución política y económica que sustenta la ideología de la familia; ambos hechos son sociales y construidos culturalmente, y uno de sus efectos principales, o sus fines, es el control del cuerpo y la fuerza de trabajo de las mujeres. En el origen de su realización pervive lo que Lévi-Strauss llamó “intercambio”, y Gayle Rubin, “tráfico” de mujeres. La familia, que a su vez es, desde el siglo XIX, la piedra rosetta del capitalismo y de la colonialidad, se naturalizó hasta el punto de considerársele “esencia” humana, enmascarando de esta manera un sistema de opresión que dura hasta el presente, y que incluye en su dominación a la disidencia sexual; pues para que ésta se dé (la familia) lleva como condición inherente el régimen de la heterosexualidad.

Como mujer latinoamericana y lesbiana, me pregunto: ¿desde el feminismo lesbiano antiracial, no deberíamos reivindicar precisamente lo contrario, nuestro derecho a no casarnos? ¿A no ser mujeres?, tal como señalaba Monique Wittiq. ¿Y así deconstruir la identidad opresiva del género?

Con el segundo argumento me pasa algo semejante: ¿no deberíamos reclamar que lo que se convirtiese en derecho fuese el amor, derecho humano a ser querida, respetada, cuidada, por el tejido social? De lo cual se derivaría, espiritualmente hablando, el derecho a la no coerción por una ideología opresiva.

Históricamente, el matrimonio no ha sido la realización del amor, aunque a partir del surgimiento del “amor romántico” en la edad media, le haya sido adosado. Ni el amor se realiza necesariamente bajo el paraguas del matrimonio. Y además, ¿nos creemos realmente con el derecho a realizar todos nuestros deseos? ¿Es eso necesario? ¿Es conveniente? ¿Deseamos tener el derecho a participar, a formar parte, de una organización política eurocentrada que históricamente nos ha oprimido, invisibilizado, y asesinado? Tal vez sí, por qué no. Pero los argumentos son importantes. No sólo nuestros actos, sino también sus razones, nos definen.

Madrid, España

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