mar. Jun 18th, 2019

“Cualquier persona LGBT nace obligatoriamente en el armario”

Activista, periodista y doctor en Letras, Bruno Bimbi es un referente de la lucha por el matrimonio igualitario en la Argentina y Latinoamérica. Acaba de publicar su segundo libro, “El fin del armario. Lesbianas, gays, bisexuales y trans en el Siglo XXI” (Marea Editorial), en el que hace un retrato de época sobre la diversidad sexual.

Por Paula Bistagnino 

¿Qué significa ser lesbiana, gay, bisexual y trans en el Siglo XXI? Con esa pregunta como guía y a través de historias reales, personales y ajenas, El fin del armario (Marea Editorial) construye una fotografía de la diversidad sexual hoy en el mundo y en particular en América Latina, desde la construcción de los prejuicios y el rol de la las religiones a los crímenes de odio y las luchas pendientes. “Es una pregunta que tiene una respuesta difícil y diversa, justamente: ser gay, lesbiana, bisexual o trans en el siglo XXI puede ser una lucha o puede ser una condena a muerte. Depende del lugar del mundo en el que estés”, dice Bruno Bimbi, doctor en Letras/Estudios del Lenguaje y periodista, ex secretario de prensa de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT) y referente de la lucha por el matrimonio igualitario en la Argentina.

– ¿Cómo ves al mapa mundial actual de los derechos LGBT?

– Mientras en Argentina, Uruguay y Colombia tenemos matrimonio igualitario por ley, en Brasil y México fue por decisiones judiciales. Y en muchos otros países nada todavía, pero al menos se está impulsando o discutiendo. Ojo, también hay casos como Venezuela donde hay una política homofóbica estatal. Esto rompe las barreras entre izquierda y derecha, conservadurismo y progresismo. Pero hay otras regiones donde está cada vez peor. Por ejemplo, los países africanos, con el crecimiento de las iglesias pentecostales que exportan los Estados Unidos y especialmente Brasil, que llevan su influencia para impulsar leyes que criminalizan la homosexualidad. O Medio Oriente, donde salvo Israel que es como una isla, el resto está totalmente tomado por dictaduras islámicas fundamentalistas. Sean aliadas o enemigas de Estados Unidos, a los putos nos matan igual. Y también está Bélgica, donde hay una escuela en la que se enseña a los chicos qué es el matrimonio celebrando un casamiento entre los alumnos y donde el año pasado fueron dos varones y se tomó con total naturalidad.

-El título del libro es “El fin del armario”. ¿Hay fin del armario?

-Yo digo que el armario es un lugar al que nunca se entra, porque uno nace adentro. Cualquier persona LGBT nace obligatoriamente en el armario, que es una construcción social que parte de la presunción de heterosexualidad. Eso está inscripto desde el momento de nacimiento: el género varón o mujer y la heterosexualidad. Y uno es educado y criado desde esa perspectiva, que es la de la madre, el padre, los tíos, los abuelos, los vecinos, la maestra. Entonces, antes de que vos puedas siquiera saber cuál es tu identidad de género, ya tenés un sistema que te aprisiona. Y al mismo tiempo el armario no es un lugar del que salís una sola vez: vivís saliendo, aun cuando vivas fuera de él. Digo: yo soy un activista con acceso a los medios, fui dirigente nacional de la FALGBT, escribí dos libros sobre esto, etc., etc., pero mañana empiezo un curso de idioma y tengo que volver a decirlo. Eso en Buenos Aires o Rio de Janeiro, así que imaginate en provincias o ciudades del interior.

-Uno de los capítulos más largos del libro es sobre el rol de las religiones en los prejuicios pero también en las violencias sobre el colectivo LGBT. ¿Es la mayor batalla?

-Sin duda. El discurso de odio contra la población LGBT es casi todo de origen religioso. En todos los países las políticas en contra de los avances en derechos -en el mejor de los casos- y las políticas directamente homofóbicas -en muchos otros- son fomentadas, sostenidas y hasta impuestas por las religiones: en Medio Oriente hay directamente estados teocráticos que imponen la ley, pero en Brasil por ejemplo, las iglesias evangélicas forman una corporación económica, por no decir una mafia. Tienen un partido político, medios de comunicación, vínculos con el narco, mucho poder real. Mucho más que el de la Iglesia Católica, que también lo tiene y es muy fuerte.


-¿Qué pasa con el Papa Francisco?

-Francisco es (Jorge) Bergoglio. El mismo Bergoglio de siempre pero con un departamento de marketing y relaciones públicas que funciona muy bien. Lo que hace es una enorme propaganda de un falso progresismo dentro de la Iglesia pero en la práctica no ha producido cambios concretos, reales y tangibles en la doctrina de la Iglesia Católica en estos temas. El catecismo de la Iglesia Católica sigue diciendo las barbaridades que dijo siempre: sigue considerando a la homosexualidad como una perversión y nos sigue tratando a los homosexuales como una basura. Y así se lo enseñan a todos los niños y niñas católicos en todas las Iglesias del mundo todos los días. Y Francisco no hizo nada para cambiar eso. Yo le dedico un capítulo a analizar cómo durante semanas los diarios del mundo hablaron de lo revolucionario de los cambios que iban a introducirse en el Sínodo de la Familia y no cambió nada. O cómo se calló cuando fue la Masacre de Orlando. Poco antes, cuando fue el de (la revista satírica francesa) Charlie Hebdo, salió a condenarlo en los medios, en la misa, en las reuniones de obispos… Pero cuando hubo otro atentado terrorista igualito pero contra homosexuales, se calló la boca. Sigue siendo el mismo Jorge Bergoglio de siempre.

-El último capítulo, “La vida transgénero en el Siglo XXI”, nuclea lo mucho que falta en prejuicios, luchas, derechos.

-Precisamente. No hay ningún segmento de la población LGBT que sufra tanta discriminación y tanta violencia como las personas trans. Basta con mirar las estadísticas de crímenes de odio. Pero volviendo al tema del armario, porque tiene que ver, un gay puede estar en el armario hasta la edad adulta, incluso toda la vida, pero una persona trans no. Porque la transexualidad se expresa en el cuerpo: es como ser negro. Entonces, la discriminación y el odio comienzan a sufrirlo desde la infancia, desde antes de tener alguna herramienta. Por eso es donde más expulsiones del hogar hay. Pero también más abandono de la escuela y falta de derechos. ¿Por qué ser trans es casi sinónimo de prostitución? Porque es la única opción que les deja la sociedad: es el lugar que les asigna la sociedad, el lugar en el que las “tolera”; ni como maestras, enfermeras o en la caja del banco, no. Sólo las toleramos en la zona roja. Y hasta ahí: porque sufren la persecución policial y el maltrato de todos.

-Refflexionás sobre el proyecto del subsidio trans impulsado por María Rachid y la discusión que generó para demostrar eso. ¿Creés que se podría retomar?

-Fue vergonzoso lo que pasó con el proyecto, era excelente. Lo escandaloso es la polémica que causó que se le quisiera dar un subsidio a las personas trans mayores de 40 años. Son sobrevivientes: una persona que logró llegar viva a esa edad, sin que la mataran la policía, un vecino, un cliente o una enfermedad por no acceder al tratamiento médico. Para esas sobrevivientes, que además son poquísimas, María proponía un subsidio no porque sean vagas sino porque no consiguen trabajo. Y además era una manera de reparar un poco el daño que la sociedad les había provocado al negarles todos los derechos… Creo que siempre estamos a tiempo. Lamentablemente muchas murieron sin recibir nada pero todavía estamos a tiempo no sólo de reparar sino además de hacer que en el futuro no necesiten un subsidio porque tuvieron derechos: a la educación, al trabajo, a la salud, a la vida. Tenemos que luchar por esos derechos.

-El libro hace un esfuerzo por desarmar prejuicios con infinita paciencia. ¿Todavía hay que convencer?

-Cuando fue la lucha por el matrimonio igualitario, yo decía que la ley era muy importante pero que también era muy importante el debate que generaba del tema: que durante meses estuviéramos debatiendo sobre eso lograba penetrar en ámbitos y en personas que ni siquiera se habían puesto a pensarlo. Pero también hizo que muchos salieran del armario porque necesitaban discutir en primera persona los prejuicios con los que se topaban, muchas veces en sus propios círculos familiares o de amigos. Y aprendí además, en ese camino, que lo que había que hacer era explicar, contar, hablar, convencer con información, porque era la única manera de que se aprobara una ley. A la gente con la que uno no está en nada de acuerdo no se llega con un discurso dogmático, cerrado y arrogante. Y este libro tiene ese mismo espíritu. Pero también tiene información e historias que le pueden interesar a un activista o a cualquier persona.

F/http://agenciapresentes.org

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