mié. Dic 12th, 2018

La Desnudez Impune

Cuando surge el tema de la Marcha de Orgullo –que está a solo dos meses de celebrarse–, es cosa común escuchar comentarios como: “…está bien que los homosexuales celebren su día, pero no apoyo que salgan a marchar desnudos…”.  Sobre esto hay mucha tela que cortar: ¿son prejuiciosos estos comentarios?,  ¿la desnudez en la marcha es producto de una “mala lectura” de los derechos civiles?, ¿quienes deciden ir sin ropa, abusan de los espacios públicos impunemente, amparados en la muchedumbre?

Lo primero que hay que decir es que, en el caso de Venezuela, la asistencia desnuda nunca ha sido multitudinaria. Hay mucha exhibición, es cierto, montones de cuerpos semidesnudos igual que un feriado cualquiera en la playa. En proporción, quizás podríamos equiparar al desnudo en la marcha con cualquier otra manifestación en donde la desnudez puede ocurrir de forma espontánea o planificada. Ha ocurrido en marchas feministas, bicicletadas y protestas antisistema en nuestro país y alrededor del mundo.

No obstante, el desnudo en nuestra marcha es más obsceno. Tiene que serlo por fuerza, pues lo que nos caracteriza como colectivo es nuestra identidad sexual. La sexualidad es lo que permea nuestros actos públicos y suele ser lo único que capta la mirada ajena.

Lo irónico de esto es que no hemos pedido ser definidos/as únicamente por nuestra sexualidad. Somos seres sociales complejos, como el resto del mundo, pero estamos confinados al sexo como la única dimensión que nos define. Y nuestra sexualidad está puesta en cuestionamiento todo el tiempo.

Si la sexualidad expuesta no fuese la nuestra, sino la heterosexual, probablemente no levantaría la roncha moral de tanta gente… ¿cierto?

De hecho sí. Los ciclonudistas de Caracas, que han hecho varias rodadas públicas en son de protesta, han enfrentado las agresiones y las amenazas por parte de algunos peatones, con la complicidad de la policía, aun cuando su acción nada tiene que ver con la sexualidad, sino con el derecho al libre tránsito. No obstante, no es tarea fácil separar al cuerpo desnudo del concepto de sexo. Para muchas personas, los genitales no son solo “cuerpo”, sino que están asociados inevitablemente con la actividad sexual.

Y mostrar actos sexuales públicamente es, ya se sabe, ilegal. Es aquí donde la línea de lo permitido y lo prohibido se muestra borrosa. Nuestra sociedad, y las sociedades que nos precedieron han  hecho del cuerpo un objeto de admiración y explotación por partes iguales. El desnudo en las artes plásticas es algo común, al igual que las representaciones de actos sexuales. En el capitalismo, el cuerpo y el sexo son llevados a los límites del hedonismo. Bajo el consumismo, la promesa del acto sexual ha sido el tópico de incontables campañas publicitarias, en donde un producto cualquiera es asociado metafóricamente con sexo, de manera que tenemos champús que causan orgasmos y botellas de cerveza que eyaculan en los senos de mujeres sin rostro.

Es decir, estamos rodeados de estímulos sexuales que utilizan al cuerpo como vía y, a la vez, como destino. Son cuerpos sensuales que, es cierto, incitan en vez de mostrar, que entablan un dialogo privado con quien los observa. Este diálogo, para ser públicamente legítimo, tiene que recurrir a formas precisas: tiene que insinuar el sexo antes que enseñarlo, sugerir la desnudez antes que hacerla explícita.

En la Marcha de Orgullo, los cuerpos provocadores irrumpen en los espacios públicos, algunos más desnudos que otros. Convierten a los peatones en espectadores involuntarios. Imponen a la mirada una forma de placer que suele estar escondida el resto del año. ¿Abusan de los espacios públicos?

Difícil pregunta. Se pudiera decir que la diversidad sexual es abusada constantemente en los espacios públicos, todos los días del año. Es justo entonces que, al menos durante un día, puedan andar impunemente por las calles. Pero esa excusa lo único que hace es darle un tono revanchista a la Marcha de Orgullo.

Quizás lo más acertado sería decir que la marcha es el producto lógico de una sociedad sobreestimulada sexualmente y, al mismo tiempo, moralmente opresiva, en donde se pone al hedonismo como fin último.

El mejor consejo, para quienes consideran ofensivo las exhibiciones públicas como las que suceden en la Marcha de Orgullo, es el siguiente: por cada cuerpo desnudo hay, al menos, otros mil que van lo suficientemente vestidos, llevan pancartas y cantan consignas políticas, lo único que tienen que hacer es voltear la mirada hacía ellos.

I/Venus de Fuendetodos, 1988

 

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