jue. Ene 24th, 2019

Pequeños relatos de Leonel Giacometto

Un muchacho tiene un amante escurridizo y soberano. Un muchacho tiene un amante que tiene ese desorden aparente que compone y descompone la danza teatro (o al revés), un amante que se suspende de rodillas, un amante con esos vapores que si se arremolinan conforme la pericia del cuerpo, del amante del bailarín, aparecen palpitaciones que respiran y lo hacen todo ambulatorio. Hasta la sutura encuentra su tránsito si la cresta del bailarín amante se atraviesa para sí y para el resto. Disipadamente ceremonioso. Así llega siempre al muchacho, quien en realidad nunca pudo llamarlo “amante”–ni para sí ni para la anécdota. Demasiada aureola, demasiados laterales, demasiado desgaste. Lo llamó mi “amantazgo”, como alguien que pide sabiendo de antemano que aquello que fue solicitado, a veces tipo agenda otras intempestivamente de madrugada porque sí, será el cumplimiento de ese amantazgo, que si bien no escatima jamás las salpicaduras a diestra y siniestra, hoy por hoy ya procede como entre lianas, saboteando muy de a poco los saltos sin frenos de los monos, con más teatro que danza, con el cuerpo menos cuerpo y más algodón como quien dice, casi proclive a la capitulación.

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