jue. Ene 24th, 2019

Pequeños relatos de Leonel Giacometto

Desencanto de repente desvanecíase y dejaba entrar, en el caso de que como los prejuicios, las defraudaciones y los caprichos de lo sentido, digamos, puedan suplantarse unas por otras, ahí, entonces, de ser posible eso, decía, el desencanto fue interrumpido de golpe por el hastío irrefutable de estar advirtiendo, ahí nomás, no lenta ni solemnemente, sino furtiva pero certera, la muda permanencia de dos como un triunfo de la desolación. Cogieron mal y esto lo sintieron ambos, casi la misma energía los traspasó ahí, pero mal. Uno, que se concedía infantiles mapas de travesías, que una repentina mañana de octubre escuchó cómo hace el viento cuando barre un campo de trigo y que sabía que las relaciones humanas son como delgados hilos y que él apenas los contaba con una mano, ése uno, inesperadamente, no quiso cumplir el requisito de la realidad e impuso su deseo, el más obstinado de sus deseos, el deseo ciego. El otro, que muy de a ratos era capaz de expresar algo, con el pasado y el porvenir incrustados en el rostro como una comunión con el que vendrá, por decir, como una afrenta a la imposibilidad del rechazo, el otro, que tenía la enfermedad de la nitidez desparramada en todo su cuerpo, se alejó sin mediar palabra esa noche como comprendiendo, no que ése era un motivo de resistencia, sino el discreto y excéntrico encanto de la piedad. Se cruzan, cada dos por tres, y a veces se saludan, apenas, con la cordialidad un poco afectada de la especie, pero nada más.

Leonel Giacometto

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