mié. Dic 12th, 2018

Pequeños relatos de Leonel Giacometto

Como una Magdalena lloraba el puto. Tenía enrojecido y abierto el culo como si por ahí hubiese ocurrido una catástrofe. Pero el puto lloraba por otra cosa en realidad, y no por el dolor de esa zona de fama inversa y cuestionable. Un adicto con iluminaciones tibetanas y pito de difícil erección había desordenado el almacén del fondo, y dormía ahora al lado del puto que lloraba como una Magdalena, sin pudor, sin sombra y sin vergüenza de tener al otro ahí, echado como una vaca, durmiendo la mona como si esa siesta fuera la noche profunda. Eran las tres de la tarde, era martes, era otoño, era un puto del barrio de Acindar, el de los monoblocks, más allá de los gitanos, donde también es Rosario. El adicto había ido a la zona a comprar. Tenía un dato fiel pero no una ubicación exacta. Tenía un nombre y un apodo, y por ahí se cruzaron. El puto lo llevó del transa y el otro, sin perder de vista los efectos pero no fanático del fin, le regaló una flor. Hizo que le regalaba una flor más bien. El puto se atragantó y le dijo que su madre estaba trabajando. La madre trabaja de doméstica en la casa de Antonio Bonfatti, y no hay padre ni hermanos para el puto. El adicto accedió y le habló del Tíbet. El puto se abandonó. Todo entró en frecuencia digamos, olor a azufre y lo disuelto repentinamente dispuesto como una partitura. Ambos pidieron música. No se sabe qué sonó pero ya promediaba el tercer tema cuando el puto empezó a endurecer aquello que costó izar. La caridad es una palabra que el cristianismo destruyó, pero el puto consiguió la dureza mientras el adicto hablaba como si le hubieran concedido el permiso de hacerlo. Se hizo invisible una imagen para el puto y dejó que el otro como si estuviera dibujando le entrara con ganas. Echaron humo, los dos, fracturaron lo denso casi. El almacén del fondo se llenó de licor y el puto hizo un cuadrado en el aire cuando el ardor lo chorreó. Vio la flor espantosa que el adicto había hecho que le regalaba. Ahí resopló y empezó con el llanto. El otro ya se había dormido.

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